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Imagen de Digital Archives of the Mental Patients Union
De un tiempo a esta parte, cuando ya me hube desprendido de las drogas psiquiátricas y logré atravesar el largo proceso de adaptación, tuve que volver a aprender a vivir. Puede sonar extraño, pero todo había cambiado: la comida tenía otro sabor, la luz caía distinta sobre las cosas, los ruidos del tráfico o el silencio tenían otra textura, incluso la boca de mis amantes o su sexo me sabían diferente.
Por supuesto, ningún psiquiatra confirmará jamás nada de esto. Ellos no toman lo que recetan. Su preocupación no es qué ocurre al dejar esas drogas, sino mantener el relato de la enfermedad eterna, crónica, que garantiza que el remedio también lo sea. Una promesa de tratamiento infinito que asegura beneficios: los suyos y los de las farmacéuticas.
Así pues, me tuve que readaptar a dormir sin químicos, ardua tarea los primeros meses, o aprender de nuevo que las frustraciones ocurren, que las desgracias suceden y no tengo un blíster de benzodiazepinas del que echar mano en la mochila. Tantas cosas reaprendí que el cansancio era mi nueva forma de tortura. Y, sin embargo, en lo que sí quisiera hacer hincapié es en la vuelta a la vida social. Cuando estaba drogado hasta las patas se notaba. Quiero decir: puede que quien no estuviese familiarizado con la psiquiatrización desconociese que era a causa de tanta pastilla, pero desde luego podían intuir que algo, más que evidente, me ocurría. Estaba hinchado como un globo de helio, muy disperso, tanto que me quedaba dormido sin darme cuenta y en no pocas ocasiones me tenían que despertar, si es que no lo hacía yo a causa de los ronquidos, que también me provocaban pastillas como el Rivotril. Así pues, cada vez que interaccionaba por mi mente pasaban mil preguntas que venían a resumirse en: ¿sabe que estoy psiquiatrizado?
Cuando volví a la vida, tras mi larga estancia en el infierno, me seguían rondando aquellas preguntas y aquel rucurucu: lo sabe, se me nota, no soy igual. Me costaba tanto no quedarme en casa y recordar que ya no estaba psiquiatrizado, que podía ser uno más, tan normal y extraño como cualquiera con quien me fuese a cenar, pero que, sin duda, la diferencia no radicaría en que se me caería la baba sin darme cuenta.
La psiquiatrización es en sí misma un proceso de individualización. Te aíslan, casi de forma automática ya sea a través del ingreso forzoso o voluntario-forzoso o por medio de pastillas que te tienen anulada en casa como bien describe Piero Cipriano en Manicomio químico. Te reeducan para mantener una vigilancia constante y torturadora de tus emociones, tus gestos y tus pensamientos; sinceramente no creo que nadie esté tan pendiente de lo que siente en cada minuto, nos fuerzan a ser nuestras propias funcionarias de prisiones. Debes llevar un registro del que luego dar cuenta al psiquiatra. Así que volver a la plena vida social, las que te permitan tus condiciones, es una forma de romper con esa psiquiatrización; duro quehacer.
Tampoco hablamos de lo chocante que resultaba volver a socializar con gente de un pasado, aquellos que te tienen en el recuerdo como un mocito en el regazo de Satán, o un corderito en Navidad. Hay gente con quien no he vuelto a hablar y otros con quienes han tenido que pasar varios años. Y, aun así, me viene a la mente que quizás estén pensando qué bien me ven ahora, sin saber que es porque ya no tomo drogas psiquiátricas ni me veo con ningún señor de bata blanca, pero que a saber por cuánto tiempo, si recaeré o cuándo será porque, claro, si es una enfermedad eterna, crónica, habrá de volver. Y no. Ni es una enfermedad, ni es eterna si te alejas de la tortura psiquiátrica.
Volver a socializar es un paso más, uno difícil, pero nada que no podamos hacer a estas alturas. Y es la prueba fehaciente de que necesitamos de los demás para romper el círculo psiquiátrico: ver la vida como aquel camino a veces angosto, a veces ameno y otras tantas anodino, al que nosotras mismas hemos de llenar de sentido y arrebatarles las riendas a todos quienes nos han torturado y han osado decidir por nosotras.
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Se acerca el 25 de noviembre, el día contra las violencias machistas, y con ello vendrá la manifestación, los vídeos, artículos, productos culturales y, ¿cómo no?, la ristra de argumentos que vincularán el feminismo con la Salud Mental y la terapia. Hay una idea, una idea absurda, que vaga por este imaginario colectivo que padecemos y consiste en lo siguiente: la violencia machista se combate en consulta. Por un lado, hablan de la atención a las víctimas, la atención terapéutica y farmacológica, claro, y por otro, ladran sobre la supuesta reeducación terapéutica que necesitan los agresores. Es decir, según esta idea, los agresores dejarán de serlo si acuden individualmente a verse con una psicóloga o un psicólogo.
Los propios profesionales de la Psiquiatría vomitan en sus revistas científicas sobre la relación entre la violencia de género y las enfermedades mentales. Afirman que la violencia de género es una causa para desarrollar un trastorno mental. Entre los diagnósticos más habituales con los que etiquetan y (re)condenan a estas mujeres podemos encontrar el trastorno bipolar tipo II (el depresivo, por resumirlo), depresión mayor recurrente, trastorno de ansiedad, toxicomanía o trastorno de la conducta alimentaria. Dentro de estas etiquetas lo que encontramos es una tristeza muy profunda y un estado de nervios galopante. Podemos suponer esa situación ante un caso de violencia de género. Pero ¿el diagnóstico no consistiría acaso en volver a tiempos pretéritos y colocar la responsabilidad en las víctimas? ¿No entra dentro de lo previsible que si tu marido te maltrata puedas estar terriblemente triste, sentir una apatía tan grande que no te permita levantarte de la cama y continuar con tu vida, o un estado de nervios con el que no consigas alcanzar el sosiego? Hablan de terapia feminista, pero se trata de la misma morralla de siempre porque las profesionales no cuestionan las categorías diagnósticas que en su día marcaron sus compañeros varones.
Cuando la violencia de género llega a tu vida (ésta llegará, aunque sea por estadística, de la forma y en el lugar que sea, pero llegará pues es una violencia estructural), la respuesta que ofrecen las administraciones es institucionalizar a esas mujeres. Ofrecerles un diagnóstico psiquiátrico como si fuese la barca de Noé acompañada de todas las violencias psiquiátricas que conlleva entrar en este circuito. La respuesta no es proteger a las víctimas, ofrecerles recursos materiales suficientes para ellas y sus criaturas, para que puedan detenerse, asumir el maltrato que han sufrido y con el tiempo, ritmo y recursos que necesiten hacer de su vida el camino que en su día quisieron haber recorrido. El sistema las condena a la cronicidad, a las benzodiacepinas, a los antidepresivos, a los antipsicóticos, al litio porque el dolor que tienen es demasiado molesto para una sociedad que necesita producir de forma constante y que en público reconoce el carácter estructural de esta violencia, pero que, en privado, cuando los focos se apagan, sigue pensando que es una cuestión individual.
Las adalides de la terapia feminista o de aplicar la perspectiva de género en Salud Mental suelen argumentar que los criterios diagnósticos no son iguales para hombres y para mujeres. Bienvenidas al Patriarcado, compañeras. La Psiquiatría es una herramienta de control y así ha servido a lo largo de la historia para dominar a las mujeres. De esta forma se las encerraba en instituciones psiquiátricas por motivos tan variopintos y escalofriantes como: tener opiniones políticas discordantes, relaciones sexuales extramaritales, leer novelas o para que sus maridos se pudiesen volver a casar.
Mirar la Psiquiatría desde el feminismo no consiste en ofrecer, como se acostumbra en esta economía de servicios, una consulta que tenga en cuenta que tu marido te maltrata, sino en abolir la Psiquiatría como otro instrumento del sistema patriarcal que es. De la misma forma, conseguir que la violencia de género desaparezca no pasa por enviar a los hombres a terapia, sino por hacer trizas este sistema que les otorga las condiciones económicas, sociales y culturales que se lo posibilita y sobre el que se sustenta su agresión.
Este 25 de noviembre, todas a las calles, por supuesto, pero con la idea clara de que las violencias machistas no se atajan desde la Psiquiatría y que, precisamente, ésta es un pata más del Patriarcado.
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Delia Ríos

Llaman a la puerta. Es un nuevo amor.
Es una persona a la que no le puedes explicar que has estado atada a una cama en un hospital. No unas horas, si no unos días.
Es una persona que no entiende absolutamente nada pero que quiere entender.
No le puedes explicar lo que significa estar catalogada como enferma mental. Que no existe la enfermedad mental pero que toda esta mierda define tu vida.
No puedes evitar sentir que te asocie como algo peligroso, algo dañado.
Y piensas que nada de eso merece la pena.
Que eso de ser amada no es para quién ha vivido el infierno.
No le puedes explicar las pastillas.
No le puedes explicar la adicción.
Las ganas que tienes de tomarte un whisky doble cada vez que se compromete un poco más y tienes que asumir responsabilidad.
Y te dices: esto no es para mí.
A mí ya me jodió la psiquiatría demasiado.
Le explicas que no puedes confiar (nunca) en nadie. Te dice: ya lo veremos.
Es imposible que entienda que tú fuiste hace mucho tiempo al médico porque te sentías mal y el médico te destrozó la vida. Te la robó.
Que te hicieron sentir que eras la culpable de todo lo que te sucedía mientras te hinchaban a pastillas.
Un diagnóstico, dos, tres.
Un ingreso, tres, doce.
Y el sexo. Cómo explicas que hay autolesiones permitidas y el sexo es una de ellas. Que hay un momento que te aburres, que necesitas violencia.
¿Cómo le explicas a alguien que lo único que te hace funcionar es la violencia?
Que ya no te vale con lo que te tendría que valer.
Que cada vez que te dice: te amo, tú sólo piensas en irte.
La bajona colectiva no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus colaboradoras.
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Iñigo Errejon hace unos años declaró en una entrevista: “ «Yo abrí la cruzada de la salud mental y hoy quiero salir del armario. Voy a terapia desde hace meses y he aprendido a decir ‘no’”. Nos causó mucha risa eso de salir de armario cuando ocultas en un historial que te han ingresado en un psiquiátrico, te han puesto un diagnóstico de “maniacodepresiva” y te han atado a una cama. Sobre abrir la cruzada de la salud mental ignorando a todo el movimiento de supervivientes de la psiquiatría y del Orgullo Loco nos hizo menos gracia.
La semana pasada Errejon ha tenido que dimitir de su puesto de diputado, en su comunicado de renuncia aclara: “Llevo tiempo trabajando en un proceso personal y de acompañamiento psicológico, pero lo cierto es que para avanzar en él y para cuidarme, necesito abandonar la política institucional, sus exigencias v sus ritmos”.
Se ha convertido en un hábito entre los hombres que ejercen violencia machista, dentro de toda su amplitud, el achacar sus agresiones a su “mal estado de salud mental”. Las supervivientes de la Psiquiatría nos aferramos a la idea que ya bramaba el movimiento feminista antes de que todas las profesionales viniesen a contaminar el discurso: NO SON ENFERMOS, SON HIJOS SANOS DEL PATRIARCADO. Agreden porque pueden, porque tienen el poder de hacerlo. El pretexto de la enfermedad sitúa la responsabilidad fuera de ellos, de su alcance, se enclavan en el discurso de pobrecito que no puede evitar violar a las mujeres. Al desposeerles de la responsabilidad de sus actos quedan en un limbo y consiguen la piedad que buscan, que su violencia se disuelva entre la ambigüedad de una enfermedad mental que no existe. La terapia, y en general el trastorno mental, es la iglesia moderna. Antes, el cura se encargaba de la expiación de los pecados, te absolvía de ellos y protegía al pecador arrepentido que acudía al templo religioso. Ahora ese papel lo toma la Psiquiatría que determina que un individuo es o no susceptible de categorizarse como responsable de sus actos, de su violencia. ¡Compañeras! ¡Es una estrategia sublime del Patriarcado! Violenta quien tiene poder para hacerlo, siguen haciendo lo mismo que antaño, nada nuevo bajo el sol.
Forma parte de la lógica y el discurso psiquiátrico la categorización de enfermo. Está enfermo y no puede tomar decisiones o valerse por sí mismo, está enfermo y no puede trabajar, está enfermo y no puede se convierte en una idea que nos imposibilita hacernos cargo de nuestras vidas, de nuestras acciones. El rol del enfermo es la justificación misma de la Psiquiatría. Ellos obtienen ingresos porque nos categorizan como tal, nos necesitan. Los agresores se valen de esta idea para echar balones fuera, para situarse en un plano ajeno a sus abusos, a su violencia. Estos días, junto al círculo mediático que rodea a Errejón y su partido (o partidos), escuchamos preguntas de los periodistas sobre si SUMAR conocía el estado de salud mental del susodicho. De nuevo la prensa fomenta el imaginario de peligrosidad y obvia que el único responsable de las agresiones es quien las comete y no una supuesta enfermedad mental que no existe y que para que esta violencia se dé es necesario un sistema político, económico y social que lo sustente y a eso las feministas lo llamamos Patriarcado. NO SON ENFERMOS, SON HIJOS SANOS DEL PATRIARCADO.
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Dolores Mento

Era verano, casi, finales de mayo o principios de junio. Estaba a punto de volverme a España, me faltarían unas semanas. Ese curso lectivo el colegio nos había mandado a Irlanda a estudiar y vivía apenada los últimos coletazos de aquella separación de mi ciudad. Recuerdo estar en el parque Killarney, sentada en el suelo con mis amigas, mis amigas pijas. Algunas querían retornar a sus casas, otras, en cambio, andábamos como vacas sin cencerro. Hablando de nimiedades, de absolutas banalidades, mi tema de conversación favorito, Claudia nos enseñó un nuevo politono en el Nokia que sus padres le habían regalado antes de venirnos a la isla: Para toda la vida de El sueño de Morfeo. Como buena prepúber romántica y con las hormonas a punto de florecer me imaginé cantándosela a mi novio, a un chulazo del cole. De aquellas me parecía ilusionante, cuanto menos, la idea de casarme para toda la vida, para siempre, de adoptar criaturas con mi señor marido de bigote cuidado y limpio, de ir a trabajar, pero sólo un poco, sin deslomarse, tener una vida idílica y liberalmente conservadora o conservadoramente liberal. El feminismo truncó aquellas expectativas y del teamoparasiempre pasé al tequieroyesperoqueseapormuchotiempo, como un símil de eternidad, y de allí a un simple tequiero. Aunque tampoco nos vamos a engañar, yo no digo tequieros, me han hecho desabrida, pero se capta el concepto.
Años después, abandonando la idea de enmaridarme con mi chicarrón, apareció la Psiquiatría. Vagamente preserva mi memoria un transcurso fiel de los hechos. Son, a decir verdad, muchos eventos que se suceden a trompicones sin un certero orden cronológico. Sin embargo, sí ubico las palabras que me dijo la psiquiatra cuando intentaba aleccionarme para que me tomase los psicofármacos, su sentencia de muerte: Esto es para toda la vida. Había abandonado a mi maromo de brazos anchos y largos que me envolvería en mi sueño adolescente, como Katy Perry en Teenage dream, su ánimo tieso, embravecido, como su sexo. Lo había intercambiado por el cóctel de Lorazepam, Rivotril, Deprax, Venlafaxina, Olanzapina, Depakine y Litio que me obligaron a tomar. Un mal negocio. No miento al asegurar que me volvió aquella canción a la cabeza, Para toda la vida, conexiones que hace el imaginario de una tardoadolescente, desaforada, dolida y hundida. Si ya estaba abatida, tanto que había acabado en Psiquiatría, más despojada de cualquier voluntad y espíritu me quedé con la condena que pesaría sobre mis hombros.
Hoy en día, septiembre de 2024, pese a las advertencias, las órdenes, las conminaciones, las torturas o la soledad, ya no tomo nada, ya no veo a ningún psiquiatra, ni a ningún psicólogo. He huido, de forma literal, del sistema psiquiátrico. Hace dos años que no tomo psicofármacos, a pelo. Sigo viva. Ha sido ahora cuando he comenzado a vislumbrar que todo aquello que me dijeron, que nos dijeron, era mentira. Estoy trabajando, sometida al Capital para, mal que bien, pagar un techo y algo que pudiera acercarse a una vida digna. Tampoco es alentador, podrán decir, pero al menos ya no lo hago drogada con Benzodiacepinas. Al menos no estoy encerrada. Al menos no me acecha la amenaza de un ingreso. Ahora también puedo disfrutar de aquellos vis a vis que la Producción te otorga, o que la lucha sindical consiguió a fuerza de huelgas, y que la Psiquiatría te arrebata bajo un pretexto médico basado en falacias y pseudociencias. Ahora también puedo ir yo al piquete. He salido al descanso, me aparto un rato del ordenador y fumo un piti mientras me asalta de nuevo la remembranza de aquella conversación, aquel monólogo. Me río porque nada del estado actual de las cosas es como aquel ser cargado de autoridad predijo, ni como predijeron ninguno de sus compañeros. Estoy estupenda. Todo lo estupenda que una zagala de mi edad y con mis circunstancias puede estar. También me hace gracia porque recuerdo su mal gusto para elegir la ropa, vestía fatal, sin gracia ninguna para el dinero que supuse que debía de estar embolsándose a base de distribuir drogas de forma legal. ¡Qué dinero tan mal invertido! pensé. Sea como fuere, hortera o no, no era para siempre. Lo único que de momento asumo será eterno son los ardientes cosquilleos que me recorren las tripas cuando veo a mi maromo. Eso sí.
La bajona colectiva no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus colaboradoras.
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Ilustración de Manicomio de Montse Batalla y Xevidom Un año más, llega el Día Mundial de la Salud Mental, será este jueves 10 de octubre y nadie denunciará lo que sucede en el sistema de salud mental.
Nadie hablará de la rigidez en todo el cuerpo por las pastillas, de la boca seca, de la saliva hecha masilla.
Nadie hablará de cuando la psiquiatra te dijo que tenías una enfermedad para toda la vida.
Nadie hablará de cuando te dijeron que nunca podrías tener ni amigas ni parejas.
Nadie hablará de los 30 kilos que te hizo engordar el antipsicótico en un mes.
Nadie hablará del enganche a las benzos durante años.
Nadie hablará de cuando te encerraban en una habitación durante horas y días como castigo por tu comportamiento.
Nadie hablará de la auxiliar que te daba de comer mientras estabas atada.
Nadie hablará de las seis pastillas de la mañana, las cinco de medio día y de las siete de la noche.
Nadie hablará de cuando en el ingreso te decían: ¿Vamos a tener problemas?
Nadie hablará de la acatisia que te provocó el haloperidol.
Nadie hablará de las horas que te tenían haciendo mándalas.
Nadie hablará de cuando te daban akineton para contrarrestar los efectos del antipsicótico.
Nadie hablará de cuando te daban antidepresivos y te subías demasiado y te diagnosticaban trastorno bipolar.
Nadie hablará de cuando te pusieron la sonda a la fuerza porque estabas según ellos en infrapeso.
Nadie hablará de que te hacían hacer pulseras con cuentas mientras dormitabas por la medicación.
Nadie hablará de que en los ingresos te decían no os deis el teléfono, os vais a dañar entre vosotras.
Nadie hablará de cuando te derivan al centro de día como un alargamiento de la condena.
Nadie hablará del enfermero que te tocó mientras te pesaban.
Nadie hablará de cuando te encerraban con llave en la habitación toda la noche en el hospital de la privada.
Nadie hablará de cuando te hacían subir la lengua para comprobar que te habías tomado las pastillas.
Nadie hablará de la inyección que te dejó medio muerta.
Nadie hablará de que existen más de 541 trastornos mentales en la última edición del DSM de 2013 cuando en la primera había 128 trastornos en 1952.
Nadie hablará de que se ata a las personas a la cama durante horas y días.
Nadie hablará de la iatrogenia.
Nadie hablara de todas las suicidadas por el sistema.
Nadie hablara de la vulneración de derechos humanos.
Nadie hablará de las personas que llevan décadas encerradas en Ciempozuelos.
Nadie hablará de nosotras.
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Sinuosos tiempos son los que vivimos y quebrados caminos los que se nos presentan. Datos, datos, datos. Después, datos, datos y más datos. La batalla discursiva se asienta sobre los datos. Yolanda Díaz los da, los da la oposición, los refuta Pedro Sánchez, los comenta la portavoz del Gobierno, los rebate de nuevo la oposición y la información queda en un limbo donde nadie tiene claro qué verdad pretenden representar esos números. Los sesgan y retuercen hasta proporcionar los apuntes que desean, la imagen que quieren proyectar o la argumentación política que disfrazan de técnica. Sin embargo, teniendo todo tipo de datos, sobre prácticamente cualquier cuestión, ¿quién nos informa sobre las violencias psiquiátricas? ¿Qué datos tenemos?
En esta sección arrojaremos luz sobre las violencias psiquiátricas que sufrimos en un Estado de Derecho, con la connivencia de nuestros gestores políticos y del Gobiernomásprogresistadelahistoria. En la primera entrega que realizamos hablaremos sobre la sobremedicalización de la sociedad, sobre el remedio por el que opta el Capital ante los problemas, desgracias y penurias que sufre la población: drogarnos. La relación entre el consumo de psicofármacos y el Trabajo es especialmente estrecha, tanto que resulta casi insultante que las organizaciones sindicales o los partidos de clase no hagan arder las calles. La revista The Lancet encontró que un incremento del 1% en el porcentaje de desempleo se asociaba con una elevación de la tasa de suicidio del 0,79%. Esta revista revelaba en 2011 una relación muy íntima entre los indicadores de pobreza y afecciones comunes de Salud Mental. Sobre género, trabajo y suicidio, un estudio europeo del International Journal for Equity in Health determinaba que las mujeres en edad laboral serían un grupo particularmente sensible.
Pero, ¿y nuestra querida España? Para hablar de nuestro país y, quizás, relatar un contexto habríamos de poner primero sobre la mesa la afiliación sindical. Tenemos 3 millones de personas pertenecientes a un sindicato en un país con más de 47 millones de habitantes. Según la Comisión Europea en nuestro estado alrededor del 16% de la población está afiliada a un sindicato, cuando la media en Europa es del 23%, o por aportar datos de regiones concretas, en Bélgica el 55% pertenece a una organización sindical y en los países escandinavos el 70%. Según un estudio de la plataforma European Anti-Poverty Network (EAPN) en España hay 12,7 millones de personas en situación de riesgo de pobreza, un 26,5% de la población residente. En torno a 9,7 millones de habitantes viven en pobreza, con ingresos inferiores a 10.989 euros anuales por unidad de consumo. La carencia material y social severa se ha incrementado hasta el 9% de la población, 4,3 millones de personas. También ha aumentado el número de personas que no han podido mantener una temperatura adecuada en su hogar, del 17,1% en 2022 al 20,7% en 2023. Y, así de fulminante, todo culmina con el incremento de la proporción de personas que llegan con dificultad a final de mes, hasta un 48,5%, casi la mitad de la población española.
Ante semejante panorama y con un porcentaje tan bajo de militancia sindical, cabe preguntarse entonces sobre la relación que ostenta con el consumo de drogas psiquiátricas. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes ha afirmado que en España se consumieron 110 dosis diarias de benzodiacepinas por cada 1.000 habitantes. Somos el mayor consumidor de esta droga, “medicación”, del mundo. Según el Ministerio de Sanidad en 2022 se vendieron en España 77.604.244 millones de envases de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes. Ha supuesto un aumento de más de 5 millones frente a 2019 que se vendieron 72.076.681 millones. Las mujeres consumen más medicamentos ansiolíticos e hipnosedantes que los hombres, en concreto entre 1,5 y 3 veces más. También cabe destacar que consumen más psicofármacos las personas desempleadas que las que tienen un trabajo y, en general, hay un mayor consumo cuanto menor es el nivel de renta.
Es absolutamente clara la vinculación entre la clase social y las posibilidades de que te receten drogas psiquiátricas. Tenemos ante nuestros ojos un aumento de la pobreza en nuestro país a la par que un aumento de la dispensación y venta de estas pastillas que, intencionadamente, llaman medicación. Al mismo tiempo, tenemos una afiliación sindical baja, especialmente si, después de reponernos del desaliento que suponen, consideramos los datos anteriores. El Gobiernomásprogresistadelahistoria, con ministras de Trabajo y Sanidad, en teoría, pertenecientes a partidos más a la izquierda del PSOE, ¿qué hacen ante estos datos? ¿Y los sindicatos? La última huelga general en España fue en 2018, el 8 de marzo, y la anterior el 14 de noviembre de 2012. Quizás sea momento de, como mínimo, ir preparando la siguiente.
FUENTES CONSULTADAS
1. Infosalus, & Infosalus. (s. f.). España es el país del mundo con mayor consumo de benzodiacepinas, según datos de la JIFE. infosalus.com. https://www.infosalus.com/actualidad/noticia-espana-pais-mundo-mayor-consumo-benzodiacepinas-datos-jife-20230314131142.html.
2. Ministerio de Sanidad del Gobierno de España. Encuesta sobre uso de drogas en enseñanzas secundarias en España (ESTUDES), 1994-2021. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/ESTUDES_2022_Informe.pdf.
3. D. Stuckler, S. Basu, M. Suhrcke, A. Coutts, M. McKee. The public health effect of economic crises and alternative policy responses in Europe: An empirical analysis.
4. Lancet., 374 (2009), pp. 315-323
5. C. Breuer. Unemployment and suicide mortality: Evidence from Regional Panel Data in Europe. Health Econ., 24 (2015), pp. 936-950
6. Lund, C., De Silva, M., Plagerson, S., Cooper, S., Chisholm, D., Das, J., Knapp, M., & Patel, V. (2011). Poverty and mental disorders: breaking the cycle in low-income and middle-income countries. Lancet, 378(9801), 1502-1514. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(11)60754-x
7. Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social – Portal Estadístico del SNS – Base de Datos Clínicos de Atención Primaria – BDCAP. (s. f.). https://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/estadisticas/estMinisterio/SIAP/home.htm
8. EAPN (Ed.). (Febrero de 2024). El Estado de la Pobreza 2024. Primer avance de resultados.9. https://www.eapn.es/ARCHIVO/documentos/noticias/1709121955_el-estado-de-la-pobreza.-primer-avance-resultados-febrero-2024.pdf
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Es verano y el marinero no tiene barco, no tiene compañía de tripulación, pero tiene un mar azul orcela que atravesar sobre un trozo de madera varada. Se siente como Rose dejando a Jack en el fondo del piélago. Le inquieta ser Jack y no sobrevivir. Ese mar que tanto teme el nauta no es otro que la bajona, la tristeza. A las personas psiquiatrizadas el sistema de Salud Mental nos ha condenado al desconsuelo. Nuestras vidas han acabado en manos de un psiquiatra, o muchos, no por arte de magia ni por la fuerza del destino como diría Nacho Cano en el banquillo de los acusados, sino por las condiciones que asediaban nuestra existencia. Circunstancias que nos abocaron a la pesadumbre, a la amargura, a la rabia y a la desesperación y ellos, los psiquiatras, lejos de aminorar nuestro malestar, lo cronificaron a base de torturas y pastillas. Así hemos llegado hasta aquí, quienes hemos llegado y a quienes, por multitud de motivos que no habremos de olvidar y que trataremos en ulteriores ocasiones, el sistema no ha conseguido suicidar.
La tristeza es un pozo sin fondo. Sirva de ejemplo, por un momento, el de quien aquí escribe estas palabras que intenta llenar de significado: en ocasiones, y no pocas, me vienen los recuerdos de aquellas escenas que definieron mi psiquiatrización, de las razones por las que acabé viendo la cara de un psiquiatra feo al que se le salían los pelos de la nariz o la de un Kraken con uniforme de enfermería o los momentos que me tuvieron al límite. Me acechan como en las películas yankis los recuerdos de Vietnam rondan las cabezas de los veteranos de guerra. Me acechan y me hundo, igual que Jack. De la misma forma, el tripulante no quiere seguir navegando por aguas saladas, él es marinero de agua dulce.
Hay que aferrarse a la alegría. Lo único que nos puede levantar y dar ánimos para seguir es el disfrute, amarrarse a la alegría como si fuese el único pedazo sólido flotando donde todo lo demás es líquido y mutable. La alegría como valor profundamente político. Porque nos quieren alicaídas, no quieren inertes, zombies que vagan de un lado a otro sin rumbo ni camino más allá del que marca la corriente, el Capital. El regocijo es la crema aftersun después de un intenso día de playa, un bálsamo que nos devuelve el brillo a los ojos, a la piel, que nos cambia los gestos y nos da fuerzas para levantarnos de la cama. No era manía aquello que le diagnosticaron a nuestro marinero, era júbilo breando contra las mareas que le impedían salir a flote. Ahora, insisto, es verano y el grumete ha decidido irse a otro ponto, a uno donde haya más marineros habituados a singlar aguas dulces. En el mar si no te mueves, te hundes.
No es un discurso barato, tampoco una verborrea de autoayuda. No es simular a un adolescente leyendo a Mario Benedetti. Es reivindicar el acto tan abismalmente político que supone defender nuestra alegría, la de todas. Nos la han arrebatado y estamos luchando por recuperar lo que nos pertenece. El marinero ya no es marinero. Ahora se ha ido de vacaciones con sus compinches. Ahora practica la vida pirata, la vida mejor. Han viajado a una poza donde por fin bañarse plácidamente en un agua dulce, mientras el sol les da en la cara, chapotean y cantan atropelladamente Como el agua de Camarón de la Isla. Como el agua clara, que abaja del monte, así quiero verte, de día y de noche.
¡Qué alegría, qué alboroto!
¡Un abrazo alegre, camaradas!
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Dentro de los movimientos de izquierdas, de las disidencias, del rollito punki, llámese como se quiera, todas nos entendemos, hay una idea compartida que subyace cada acción que acometemos, cada estrategia que pensamos. La policía es el enemigo. Cuando acudimos a parar un desahucio, cuando organizamos una manifestación o cuando hacemos un mural sabemos que la policía puede acudir a reventárnoslo. Somos conscientes de que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado son, justamente, un mecanismo del Poder para mantener el status quo. De hecho, según Foucault la policía se concibe a sí misma como «el equivalente civil de la religión» y viene a encarnar lo infinitamente pequeño del poder político. De todo ello, somos conocedoras. Pero, ¿los psiquiatras qué?
En la actualidad, el Estado de Derecho ofrece unas garantías que, si bien no han sido respetadas en multitud de ocasiones y bajo pretextos como el conflicto vasco, la represión contra los movimientos de izquierdas o contra las personas migrantes, sí existen leyes que tienen por objeto la defensa de las libertades individuales, que, por otro lado, sólo tendrían sentido en el marco jurídico de un estado liberal, aunque esa cuestión la dejaremos para otro momento. Estas garantías, insisto, son las que han permitido el mecanismo de habeas corpus, artículo 17 de la Constitución Española, recurrir ante un tribunal una detención ilegal, exigir la responsabilidad patrimonial del Estado por sus actos u omisiones, o recurrir ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, entre otros. Pero, ¿qué ocurre con las personas psiquiatrizadas? Realmente, cuando se plantea un caso de ingreso forzoso también se les está reteniendo contra su voluntad, por eso mismo toma ese nombre, es a la fuerza, con el agravante de que no viene a consecuencia de la comisión de ningún delito.
El procedimiento para recurrir un ingreso involuntario parecería sencillo. El Hospital tiene un máximo de 24 horas para notificar dicho ingreso al juzgado de guardia y el Tribunal habría de ratificar o no la medida clínica en un plazo máximo de 72 horas. Son plazos máximos, es decir, no sería válido ni conforme a derecho esperar a agotar el plazo y notificarlo en la vigésimotercera hora, sino a la mayor brevedad posible respetando el límite de tiempo. Vamos a suponer que esto se cumple, os hago un spoiler: no es así, pero vamos siquiera a imaginarlo. Cuando el juez pida los argumentos para autorizar la privación de libertad de un ciudadano, ¿a qué perito va a llamar? A un psiquiatra. Teniendo en cuenta que en toda profesión existe un subrepticio corporativismo que imposibilita a los profesionales criticar la actuación del resto ante la posibilidad de que, quizás, sobre quien caiga la crítica en ulteriores ocasiones sea él mismo, o suponiendo que en un futuro sea un caso suyo, cuando quiera encerrar a una persona contra su voluntad, aquel que sea sometido a juicio, ¿qué va a decirle el psiquiatra al juez?
Habrá quien diga que se trata de una exageración, ¡incluso de un delirio! Como un mero esbozo, procederé a relatar algunos casos sobre los que versan sentencias españolas y que, con la dureza de una correa de cuero, respaldan mis anteriores palabras. Probablemente el caso más sonado de los últimos años sea el de Andreas Fernández, en el HUCA, Asturias, a quien dejaron atada en un cama durante 75 horas, superando el máximo legal, y que murió, todavía atada, a causa de una parada cardiorrespiratoria. El informe forense en el que se basó la jueza para ordenar el sobreseimiento del caso eximía a los psiquiatras del HUCA de la responsabilidad directa en su muerte. Un caso excepcional, dirán, pero sólo es uno de tantos, decimos las supervivientes de la Psiquiatría.
Otro ejemplo es el de Iván, un joven gallego, a quien en el año 2023 sometieron a 10 sesiones de electroshock y que dicho tratamiento fue autorizado por el juzgado de Primera Instancia número 6 de Santiago de Compostela. Son cuanto menos alarmantes las palabras del magistrado que dio por concluido el caso pues subraya que los informes psiquiátricos, psicológicos y de medicina interna remitidos al juzgado, cito textualmente: no sólo enuncian de manera motivada la ausencia de justificación alguna para la petición de suspensión cautelar del TEC (electroshock), ya finalizado en el día de ayer (19 de abril), sino que corroboran de manera multidisciplinar y con la máxima objetividad y actualidad el rotundo éxito del tratamiento pautado, tanto a nivel psiquiátrico como psicológico -hasta el punto de permitir acordar el alta hospitalaria con seguimiento ambulatorio del paciente-. El juzgado se basó en los informes psiquiátricos y psicológicos para dar por válida la privación de libertad de un individuo y el sometimiento del mismo al electroshock. Los derechos fundamentales sobre los que se erige el Estado liberal, la libertad y la integridad física y moral (artículos 17 y 15 de la Constitución Española), no fueron suficientes ante la palabra escrita de un psiquiatra.
Tan grave es la cuestión que nos acontece que el propio Tribunal Constitucional, en su sentencia de 12 de julio de 2012, vino a exigir un escrupuloso cumplimiento de todas las garantías constitucionales, tanto en la fase extrajudicial del internamiento, como en la del procedimiento, ya que el tema cohonesta directamente con el derecho fundamental a la libertad y toda la doctrina constitucional de él emanada. Lo que tenemos entre manos es el encierro de la población sin ni siquiera haber perpetrado un hecho delictivo, ya no les hace falta acusarte de terrorismo, no necesitan considerarte una delicuente ni crear ningún montaje policial. Ahora basta con que un psiquiatra te declare enferma mental.
Sin embargo, aunque no es el tema principal de este artículo, si procede recordar que el concepto de enfermedad mental está en cuestionamiento: no se ha podido demostrar que tal cosa exista. Sin ir más lejos, la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de 24 de octubre de 1979, sentencia que nuestro alto tribunal ha considerado fuente normativa de primer orden en este tema, precisó lo siguiente:
El Convenio (se refiere al Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales) no establece qué debe entenderse por «personas mentalmente perturbadas», ni ha podido darse a esta expresión una interpretación definitiva; su significado está continuamente evolucionando como consecuencia de la investigación psiquiátrica, de la creciente flexibilidad que se está desarrollando en el tratamiento de esas personas y del cambio de actitud social respecto a la enfermedad mental.
Esto es, el motivo por el que te encierran es que un psiquiatra ha considerado que estás mentalmente enferma, ¿y quién define qué es una enfermedad mental? La ley determina, constriñe y detalla escrupulosamente qué es un delito, ante cuáles pueden privarte de tu libertad y durante cuánto tiempo, todo ello bajo la tutela de los Tribunales. Pero, la enfermedad mental queda simplemente mediada por la firma de un psiquiatra que se deberá a sus superiores jerárquicos, también psiquiatras, al corporativismo de una profesión, a las injerencias del lobby farmacéutico y, por tanto, en última instancia, al Capital.
Así las cosas, compañeras, ¿vais a seguir hablando de enfermedad mental? ¿Vais a empezar a temer a la Psiquiatría o qué más queréis? Parafraseando la popular canción mexicana: ¿qué más quieres?, ¿quieres más? Si el encierro ya no depende de realizar o no un acto tipificado en el código penal, sino de la declaración de una enfermedad mental que no es posible probar, todas somos susceptibles de ser encerradas. A ti, compañera, a ti que estás leyendo esto también te pueden ingresar a la fuerza en Psiquiatría.
Poneos las pilas, majas, y dejad de decir chorradas porque nos llevan la delantera.
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Cuando hablamos de violencias psiquiátricas es común una respuesta de sorpresa, de incredulidad: “¿De verdad que todavía se dan electroshoks?” “¿De verdad te medican a la fuerza?” “Pensaba que eso era algo del pasado”.
Todos los días se vulneran los derechos humanos en el sistema de salud mental, en las plantas de agudos, en los centros de media y larga estancia, en los centros de rehabilitación psicosocial, en los centros de día.
Pero es imposible denunciar lo que no se puede ver, lo que no se puede grabar, lo que no deja constancia en ningún registro.
Por eso es tan fácil que la violencia psiquiátrica continúe.
Mientras proliferan los discursos sobre salud mental como una promesa inalcanzable, como algo por la que todos debemos esforzarnos, poco o casi nada se sabe del sistema de salud mental.
La Bajona Colectiva tiene como objetivo ser una herramienta para denunciar y politizar todo aquello que tiene que ver con la salud mental.
Cada vez es más difícil militar, los movimientos sociales se sostienen a duras penas, los partidos casi no tienen militancia navegamos una sensación de que no sirve de nada, acompañada de unas condiciones materiales que impiden la organización de la clase trabajadora, nos empeñamos en poner post con la esperanza de que al menos sirvan de algo, que algo se escuche, que algo se pueda.
Es momento de inventarnos, ya en los márgenes de los márgenes, nuevas formas de militancia, nuevas formas que nos sirvan, que sirvan a más personas y sean germen para lo que está por llegar.
Que cuando el agua está estancada podamos construir barcos para cuando llegue la tormenta. Qué hay tormentas que duran siempre y que la mar calma no es la misma para todas.
Porque la bajona será colectiva o no será.

