Imagen de Digital Archives of the Mental Patients Union

De un tiempo a esta parte, cuando ya me hube desprendido de las drogas psiquiátricas y logré atravesar el largo proceso de adaptación, tuve que volver a aprender a vivir. Puede sonar extraño, pero todo había cambiado: la comida tenía otro sabor, la luz caía distinta sobre las cosas, los ruidos del tráfico o el silencio tenían otra textura, incluso la boca de mis amantes o su sexo me sabían diferente. 

Por supuesto, ningún psiquiatra confirmará jamás nada de esto. Ellos no toman lo que recetan. Su preocupación no es qué ocurre al dejar esas drogas, sino mantener el relato de la enfermedad eterna, crónica, que garantiza que el remedio también lo sea. Una promesa de tratamiento infinito que asegura beneficios: los suyos y los de las farmacéuticas.

Así pues, me tuve que readaptar a dormir sin químicos, ardua tarea los primeros meses, o aprender de nuevo que las frustraciones ocurren, que las desgracias suceden y no tengo un blíster de benzodiazepinas del que echar mano en la mochila. Tantas cosas reaprendí que el cansancio era mi nueva forma de tortura. Y, sin embargo, en lo que sí quisiera hacer hincapié es en la vuelta a la vida social. Cuando estaba drogado hasta las patas se notaba. Quiero decir: puede que quien no estuviese familiarizado con la psiquiatrización desconociese que era a causa de tanta pastilla, pero desde luego podían intuir que algo, más que evidente, me ocurría. Estaba hinchado como un globo de helio, muy disperso, tanto que me quedaba dormido sin darme cuenta y en no pocas ocasiones me tenían que despertar, si es que no lo hacía yo a causa de los ronquidos, que también me provocaban pastillas como el Rivotril. Así pues, cada vez que interaccionaba por mi mente pasaban mil preguntas que venían a resumirse en: ¿sabe que estoy psiquiatrizado? 

Cuando volví a la vida, tras mi larga estancia en el infierno, me seguían rondando aquellas preguntas y aquel rucurucu: lo sabe, se me nota, no soy igual. Me costaba tanto no quedarme en casa y recordar que ya no estaba psiquiatrizado, que podía ser uno más, tan normal y extraño como cualquiera con quien me fuese a cenar, pero que, sin duda, la diferencia no radicaría en que se me caería la baba sin darme cuenta. 

La psiquiatrización es en sí misma un proceso de individualización. Te aíslan, casi de forma automática ya sea a través del ingreso forzoso o voluntario-forzoso o por medio de pastillas que te tienen anulada en casa como bien describe Piero Cipriano en Manicomio químico.  Te reeducan para mantener una vigilancia constante y torturadora de tus emociones, tus gestos y tus pensamientos; sinceramente no creo que nadie esté tan pendiente de lo que siente en cada minuto, nos fuerzan a ser nuestras propias funcionarias de prisiones. Debes llevar un registro del que luego dar cuenta al psiquiatra. Así que volver a la plena vida social, las que te permitan tus condiciones, es una forma de romper con esa psiquiatrización; duro quehacer. 

Tampoco hablamos de lo chocante que resultaba volver a socializar con gente de un pasado, aquellos que te tienen en el recuerdo como un mocito en el regazo de Satán, o un corderito en Navidad. Hay gente con quien no he vuelto a hablar y otros con quienes han tenido que pasar varios años. Y, aun así, me viene a la mente que quizás estén pensando qué bien me ven ahora, sin saber que es porque ya no tomo drogas psiquiátricas ni me veo con ningún señor de bata blanca, pero que a saber por cuánto tiempo, si recaeré o cuándo será porque, claro, si es una enfermedad eterna, crónica, habrá de volver. Y no. Ni es una enfermedad, ni es eterna si te alejas de la tortura psiquiátrica. 

Volver a socializar es un paso más, uno difícil, pero nada que no podamos hacer a estas alturas. Y es la prueba fehaciente de que necesitamos de los demás para romper el círculo psiquiátrico: ver la vida como aquel camino a veces angosto, a veces ameno y otras tantas anodino, al que nosotras mismas hemos de llenar de sentido y arrebatarles las riendas a todos quienes nos han torturado y han osado decidir por nosotras. 

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