Dolores Mento

Era verano, casi, finales de mayo o principios de junio. Estaba a punto de volverme a España, me faltarían unas semanas. Ese curso lectivo el colegio nos había mandado a Irlanda a estudiar y vivía apenada los últimos coletazos de aquella separación de mi ciudad. Recuerdo estar en el parque Killarney, sentada en el suelo con mis amigas, mis amigas pijas. Algunas querían retornar a sus casas, otras, en cambio, andábamos como vacas sin cencerro. Hablando de nimiedades, de absolutas banalidades, mi tema de conversación favorito, Claudia nos enseñó un nuevo politono en el Nokia que sus padres le habían regalado antes de venirnos a la isla: Para toda la vida de El sueño de Morfeo. Como buena prepúber romántica y con las hormonas a punto de florecer me imaginé cantándosela a mi novio, a un chulazo del cole. De aquellas me parecía ilusionante, cuanto menos, la idea de casarme para toda la vida, para siempre, de adoptar criaturas con mi señor marido de bigote cuidado y limpio, de ir a trabajar, pero sólo un poco, sin deslomarse, tener una vida idílica y liberalmente conservadora o conservadoramente liberal. El feminismo truncó aquellas expectativas y del teamoparasiempre pasé al tequieroyesperoqueseapormuchotiempo, como un símil de eternidad, y de allí a un simple tequiero. Aunque tampoco nos vamos a engañar, yo no digo tequieros, me han hecho desabrida, pero se capta el concepto.
Años después, abandonando la idea de enmaridarme con mi chicarrón, apareció la Psiquiatría. Vagamente preserva mi memoria un transcurso fiel de los hechos. Son, a decir verdad, muchos eventos que se suceden a trompicones sin un certero orden cronológico. Sin embargo, sí ubico las palabras que me dijo la psiquiatra cuando intentaba aleccionarme para que me tomase los psicofármacos, su sentencia de muerte: Esto es para toda la vida. Había abandonado a mi maromo de brazos anchos y largos que me envolvería en mi sueño adolescente, como Katy Perry en Teenage dream, su ánimo tieso, embravecido, como su sexo. Lo había intercambiado por el cóctel de Lorazepam, Rivotril, Deprax, Venlafaxina, Olanzapina, Depakine y Litio que me obligaron a tomar. Un mal negocio. No miento al asegurar que me volvió aquella canción a la cabeza, Para toda la vida, conexiones que hace el imaginario de una tardoadolescente, desaforada, dolida y hundida. Si ya estaba abatida, tanto que había acabado en Psiquiatría, más despojada de cualquier voluntad y espíritu me quedé con la condena que pesaría sobre mis hombros.
Hoy en día, septiembre de 2024, pese a las advertencias, las órdenes, las conminaciones, las torturas o la soledad, ya no tomo nada, ya no veo a ningún psiquiatra, ni a ningún psicólogo. He huido, de forma literal, del sistema psiquiátrico. Hace dos años que no tomo psicofármacos, a pelo. Sigo viva. Ha sido ahora cuando he comenzado a vislumbrar que todo aquello que me dijeron, que nos dijeron, era mentira. Estoy trabajando, sometida al Capital para, mal que bien, pagar un techo y algo que pudiera acercarse a una vida digna. Tampoco es alentador, podrán decir, pero al menos ya no lo hago drogada con Benzodiacepinas. Al menos no estoy encerrada. Al menos no me acecha la amenaza de un ingreso. Ahora también puedo disfrutar de aquellos vis a vis que la Producción te otorga, o que la lucha sindical consiguió a fuerza de huelgas, y que la Psiquiatría te arrebata bajo un pretexto médico basado en falacias y pseudociencias. Ahora también puedo ir yo al piquete. He salido al descanso, me aparto un rato del ordenador y fumo un piti mientras me asalta de nuevo la remembranza de aquella conversación, aquel monólogo. Me río porque nada del estado actual de las cosas es como aquel ser cargado de autoridad predijo, ni como predijeron ninguno de sus compañeros. Estoy estupenda. Todo lo estupenda que una zagala de mi edad y con mis circunstancias puede estar. También me hace gracia porque recuerdo su mal gusto para elegir la ropa, vestía fatal, sin gracia ninguna para el dinero que supuse que debía de estar embolsándose a base de distribuir drogas de forma legal. ¡Qué dinero tan mal invertido! pensé. Sea como fuere, hortera o no, no era para siempre. Lo único que de momento asumo será eterno son los ardientes cosquilleos que me recorren las tripas cuando veo a mi maromo. Eso sí.
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