Es verano y el marinero no tiene barco, no tiene compañía de tripulación, pero tiene un mar azul orcela que atravesar sobre un trozo de madera varada. Se siente como Rose dejando a Jack en el fondo del piélago. Le inquieta ser Jack y no sobrevivir. Ese mar que tanto teme el nauta no es otro que la bajona, la tristeza. A las personas psiquiatrizadas el sistema de Salud Mental nos ha condenado al desconsuelo. Nuestras vidas han acabado en manos de un psiquiatra, o muchos, no por arte de magia ni por la fuerza del destino como diría Nacho Cano en el banquillo de los acusados, sino por las condiciones que asediaban nuestra existencia. Circunstancias que nos abocaron a la pesadumbre, a la amargura, a la rabia y a la desesperación y ellos, los psiquiatras, lejos de aminorar nuestro malestar, lo cronificaron a base de torturas y pastillas. Así hemos llegado hasta aquí, quienes hemos llegado y a quienes, por multitud de motivos que no habremos de olvidar y que trataremos en ulteriores ocasiones, el sistema no ha conseguido suicidar. 

La tristeza es un pozo sin fondo. Sirva de ejemplo, por un momento, el de quien aquí escribe estas palabras que intenta llenar de significado: en ocasiones, y no pocas, me vienen los recuerdos de aquellas escenas que definieron mi psiquiatrización, de las razones por las que acabé viendo la cara de un psiquiatra feo al que se le salían los pelos de la nariz o la de un Kraken con uniforme de enfermería o los momentos que me tuvieron al límite. Me acechan como en las películas yankis los recuerdos de Vietnam rondan las cabezas de los veteranos de guerra. Me acechan y me hundo, igual que Jack. De la misma forma, el tripulante no quiere seguir navegando por aguas saladas, él es marinero de agua dulce. 

Hay que aferrarse a la alegría. Lo único que nos puede levantar y dar ánimos para seguir es el disfrute, amarrarse a la alegría como si fuese el único pedazo sólido flotando donde todo lo demás es líquido y mutable. La alegría como valor profundamente político. Porque nos quieren alicaídas, no quieren inertes, zombies que vagan de un lado a otro sin rumbo ni camino más allá del que marca la corriente, el Capital. El regocijo es la crema aftersun después de un intenso día de playa, un bálsamo que nos devuelve el brillo a los ojos, a la piel, que nos cambia los gestos y nos da fuerzas para levantarnos de la cama. No era manía aquello que le diagnosticaron a nuestro marinero, era júbilo breando contra las mareas que le impedían salir a flote. Ahora, insisto, es verano y el grumete ha decidido irse a otro ponto, a uno donde haya más marineros habituados a singlar aguas dulces. En el mar si no te mueves, te hundes. 

No es un discurso barato, tampoco una verborrea de autoayuda. No es simular a un adolescente leyendo a Mario Benedetti. Es reivindicar el acto tan abismalmente político que supone defender nuestra alegría, la de todas. Nos la han arrebatado y estamos luchando por recuperar lo que nos pertenece. El marinero ya no es marinero. Ahora se ha ido de vacaciones con sus compinches. Ahora practica la vida pirata, la vida mejor. Han viajado a una poza donde por fin bañarse plácidamente en un agua dulce, mientras el sol les da en la cara, chapotean y cantan atropelladamente Como el agua de Camarón de la Isla. Como el agua clara, que abaja del monte, así quiero verte, de día y de noche.

¡Qué alegría, qué alboroto!
¡Un abrazo alegre, camaradas!

Deja un comentario